AQUELLA NIÑA

Ocurrió en un día de Enero o Febrero del año 1974. Yo era estudiante de 4º curso de Filosofía y Letras. Aquel día volvía yo de clase bastante tarde ya: probablemente serían como las 9 o 9,30 de la noche. Llegué en Metro a la estación de Alvarado, que era donde solía apearme y cerca de donde tenía mi residencia.

Al salir por la boca del Metro, una criatura atrajo mi atención. Era una adolescente de como 15 o 16 años, vestida de un modo francamente raro.

Estaba sentada en las escalerillas de la boca del Metro y lo único que hacía era sonreir a todo el mundo. Enseguida me di cuenta de que estaba abandonada y que muy posiblemente no tuviera un sitio donde dormir.  Me decido a ayudarla y enseguida me acerco a ella.

Sentándome a su lado le pregunté cómo se llamaba, pero su forma de contestar me confirmó que su mentalidad no era del todo conforme a su edad. Tenía varios defectos de pronunciación y su comportamiento incluía facetas sorprendentes tales como mostrar una exagerada confianza hacia los demás y -especialmente- hacia los soldados, cuya presencia le hacia prorrumpir en intensas y demostrativas risas.

A todo esto he de decir que la muchacha, o niña, según se quisiera ver, parecía de etnia gitana, pero gitana de algún país del Este (en fin, lo que podríamos definir como zíngara). Su tez era relativamente oscura.

Yo le propuse que se viniera a cenar conmigo y ella, entre risas y palabras más o menos incoherentes, se dejó llevar y fuimos a un restaurante popular, de los que yo solía frecuentar. Allí cenamos ligeramente pues mi capital tampoco daba para otra cosa. A continuación se planteó el problema de a dónde la llevaría a dormir (?????).

Descarté de inmediato la idea de llevarla a mi Residencia, pues había tenido ya un incidente allí, a causa de un alcohólico que había llevado conmigo en una ocasión. Decidí entonces, como primera opción, probar fortuna en un Albergue cuya dirección tenía y que estaba en Carabanchel (bastante lejos por lo tanto...) en el Paseo de las Ánimas. La noche, fría y clara, no invitaba precisamente a dormir al raso...

Cogimos el Metro y luego el Suburbano: de Cuatro Caminos a Noviciado y de Noviciado a Carabanchel. El viaje se hacía largo porque me iba dando cuenta de que ella dependía por completo de mi. Era una criatura totalmente infantil, indefensa ante cualquier individuo sin escrúpulos.

Cuando por fin llegamos creo que incluso llovía. Llamamos a la puerta y el encargado nos dijo que no había plazas libres y que, además, aquel Albergue era sólo para hombres. Sin desanimarme por ello decidí ir a probar suerte a otro Albergue cuya dirección tenía también. Se trataba de un Albergue Municipal que se encontraba en Prado del Rey, junto a la Estación del Norte. Y de nuevo otros dos trayectos en Suburbano y Metro. Justo un poco antes de llegar, y como consecuencia de haber preguntado dónde se encontraba exactamente, alguien nos dijo que no valía la pena intentarlo.

Tomamos un taxi y pregunté al taxista qué recurso podría haber para afrontar una situación así...; nos sugirió la posibilidad de ir al Drugstore (un sitio de moda, digamos "pijo", que no venía a cuento dado nuestro aspecto: sobre todo el de ella) o la última y tristísima opción: retirarnos a un paso subterráneo donde pasaban la noche los mendigos habituales. No me sedujo especialmente esta posibilidad y me decidí a probar suerte en un tercer albergue: el de las Damas de la Caridad, ubicado cerca de la Plaza de Alonso Martínez. Fuimos allí con el taxi y la contestación siguió siendo la misma: "no había plaza disponible". Serían ya en torno a la 1 de la madrugada y mi moral ya estaba francamente "tocada", aunque decidido a llegar hasta el final (con mi fe puesta solamente en Dios).

Nos despedimos del taxista y marchamos a pie hacia la Comisaría de Policía más cercana, donde yo pensaba denunciar el caso, por ver si desde una instancia de autoridad sería posible conseguir la deseada plaza en un Albergue. A estas alturas ya no me quedaba dinero para una pensión (que podría haber sido la opción más fácil llegados a este punto). Pero se presentaba también otro inconveniente: ella no tenía documentación y parecía 

sufrir amnesia en cuanto a su familia, domicilio, etc.

De esa Comisaría nos enviaron a otra, en la que había un servicio de identificación de extranjeros..., ya que una de las pocas cosas comprensibles que decía era la de ser húngara. Finalmente tampoco en aquella Comisaria se pudo obtener ningún avance y yo, no sólo deprimido sino francamente cabreado, llegué a encararme con los policías, denunciando su nula eficacia y llegando a amenazar con romper un cristal de la Comisaría para que nos encerraran y poder pasar la noche a cubierto (...).

Llegados a este punto sólo había un sitio razonable al que volver: el Metro!!! De nuevo en el punto de partida (o en otra estación....pues no lo recuerdo bien) nos acurrucamos en un pasadizo subterráneo para pasar juntos lo que quedaba de noche (serían ya como las 2,30 de la madrugada). Allí estuvimos un buen rato junto con otros vagabundos, que se mantenían a cierta distancia.

A las 5 se abrió el Metro y veíamos pasar a la gente sentados en el suelo. Algunos estudiantes se acercaban y se solidarizaban con nosotros, queriendo conocer los entresijos de la extraña situación (y pareja...).

Decidí que teníamos que volver a entrar en acción y, después de entrar en una iglesia para rezar y oir misa, decidí acercarme a visitar a unos frailes claretianos que conocía un poco. Ellla se quedó a esperarme en la iglesia. Gracias a Dios, los frailes conocían a su vez a unas teresianas que me dijeron quizá podrían aportar parte de la solución. Y así fue. Conseguí que la superiora de las Teresianas le reservara cama para aquella noche. A continuación, la niña húngara y yo nos dirigimos a Cáritas Diocesana.

En Cáritas pedimos ayuda económica en base a los gastos que habíamos realizado y también se planteó lo más importante: conseguir para ella el acogimiento en algún centro benéfico (después de haber intentado -sin éxito- obtener información acerca de su identidad, familia, etc). Finalmente le dieron ropa y un vale para poder acceder a unas duchas públicas y que se pudiera lavar. Entonces fuimos a las duchas de la Latina y, mientras ella se lavaba y cambiaba de ropa, yo hablé durante un rato con un grupo de Niños de Dios que pasaba por allí. A la salida de las duchas....su aspecto había cambiado a mejor. La gente nos miraba mucho por la calle y yo me sentía identificado con Cristo.

Al día siguiente, después de haber dormido donde las Teresianas, Cáritas se hizo cargo de ella, gestionando un examen médico y su posterior ingreso en el Hospital Psiquiátrico Alonso Vega. Los resultados del examen médico arrojaron luz sobre un tema de importancia trascendental: su edad mental no superaba los seis años....!!! y sus padres y familiares no aparecían por ningún sitio.

Una sorpresa se produjo a su llegada al Hospital Psiquiátrico: ella era conocida allí: había sido paciente y había sido dada de alta en su momento, porque sus familiares (circenses ambulantes) la habían recogido. En algún momento posterior se habría vuelto a extraviar y en ese punto se hallaría cuando me la encontré. Algo más tarde un día fui a visitarla y a llevarle flores.

Luego.....un año más tarde, la encontré pidiendo limosna en la calle junto con una hermana suya.. Parecía feliz. Yo no llegué a saludarla y pasé de largo.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PAISAJE

¡Cómo describir las impresiones de aquella tarde de verano de 1969! Una tarde como tantas otras en las que me subía a mi ciclomotor y daba una vuelta por las proximidades de la casa donde pasábamos el verano, en la Romana

Pero en aquella ocasión hubo algo especial: quería poner en obra una antigua y querida idea mía: escalar la montaña más alta del entorno, la Penya la Mina. Mis padres y mi hermana ya la habían subido en otras ocasiones, pero yo nunca pude ir con ellos, quizá porque era aún demasiado pequeño.

En mi mente pasó, como un relámpago, la idea de escalar la cumbre, yo solo, en el relativamente breve espacio de una tarde de verano. Tras sopesar los pros y los contras de mi empresa - y darme cuenta de que lo más racional era desistir y esperar una mañana sin problemas- decidí tomar el camino exactamente contrario, con la oscura y terca convicción de que si me lo proponía habría de conseguirlo.

Cogí el "trasto", mejor dicho mi Honda; y me lancé de cabeza a la aventura (que siempre ha sido mi afición esencial). El monte distaba unos cinco kilómetros de mi casa y tardé en llegar a la base así como una media hora.

El trayecto se desarrolló de la siguiente manera: una primera etapa por la carretera asfaltada, estrecha y poco transitada, que comunicaba nuestro pueblo con otro vecino. En esta etapa apreté a fondo el acelerador, porque me gusta correr (aunque no jugarme la vida). El paisaje de barrancos, almendros y viñas me resultaba bonito, pero no muy familiar, porque nunca había realizado en moto ese trayecto.

La segunda etapa fue ya de plena búsqueda, a través de caminos polvorientos, surcados por las alargadas marcas de las bicicletas de los campesinos.

Mi moto causaba sensación por donde fuera que pasara. Era un modelo nuevo que me hacía sentir diferente, por el especial ruido que provocaba su motor de cuatro tiempos. Yo tenía 17 años y la moto venía a ser la culminación de uno de mis sueños más queridos, por fin realizado gracias a mi padre.

Llegó un momento en el que ya no pude seguir adelante con la moto, debido a la progresiva elevación del terreno, pero entes ocurrió algo que creo debo relatar.

A mitad de camino, cuando ya la silueta del monte que me tenía obsesionado desde la infancia, se recortaba clara y limpiamente en el cielo azul y bellísimo, me encontré en una encrucijada. Cerca, una casa de campo totalmente aislada. Paro el motor de la moto, la aparco y bajo. Llamo y nadie me responde....

Con la confianza de ser bien recibido, penetro en el huerto que la rodea, muy sencillo. Doy la vuelta a una esquina de la casa y veo una mujer, joven aun, que está regando unas plantas. La miro y contemplo en ella algo que me deja admirado: una magnífica y pacífica soledad compartida con Alguien o Algo que la envuelve con un manto de gracia y paz.

En completo silencio, un corazón late al unísono con flores, árboles y frutos, con el cielo y el sol.....

Pregunto a la mujer por dónde ir, y ella me lo indica. Marcho pensando que su marido estaría cerca trabajando..., y en la clase de vida pura y sencilla de ambos.

Llego pronto a las estribaciones de la Penya la Mina, el lugar que desde niño había elegido como retiro de mi alma y de mi cuerpo en caso de riña con mis padres...; les había llegado a decir que si me iba allí, viviría de lo que cazara: sobre todo conejos que yo, en mi ingenuidad, quería cazar con una escopeta de perdigones, o a pedradas si hiciera falta.

A todo esto tenía muy presente una idea que había acariciado desde el principio de mi aventura: la de fumarme un cigarrillo o dos al llegar a la cumbre (tenía un paquete de Celtas Cortos, con cuatro o cinco cigarros en mis pantalones vaqueros).

Al llegar al terreno verdaderamente difícil, aparqué de nuevo la moto, procurando un lugar lo más disimulado posible y con el candado puesto para que no pudieran robármela (no sé quién...pues aquello estaba bastante desierto, aunque todavía había plantación de viña).

Pasé a través de bancales que se escalonaban hasta llegar bastante alto. Subí hasta una plataforma, por encima de la cual se extendía una especie de manto de guijarros, que no me decidí a escalar, aunque en parte quedaba a mi derecha. Pensé entonces que era el momento de concederme el placer de un cigarrillo... ¡qué terrible sorpresa cuando me di cuenta de que no tenía cerillas, ni encendedor!

No sé cómo, pero pude superarlo. Ya serían las cinco y media o 6 de la tarde, y me pareció que no debía arriesgarme -yo solo- a subir más arriba. Así que, después de estar un rato admirando el panorama, decidí bajar y volver a mi casa.

Así lo hice. Llegué a la carretera asfaltada y, como siempre, para ahorrar gasolina y comprobar la velocidad que podía alcanzar, apagué el motor en la última cuesta abajo, ya cerca de mi casa. Como siempre, la aguja apenas sobrepasó los 40km hora, pero ese día aquello no me preocupó gran cosa.

LA VERTADERA HISTÒRIA DEL GOSSET NEMBUTSU

Serien finals dels anys 80 o començament dels 90. No puc determinar quin any. Jo havia anat a passar el cap de setmana a Sirventa, un lloc molt especial, ubicat a la vessant sud de la Serra d'Aitana, prop de Sella, i on alguns amics meus -també ex-hippies-se n'havien construït, o havien restaurat, algunes cases.

El paisatge que es pot veure des de Sirventa és prou impresionant. Cal assabentar-se que Sirventa és com una balconada que domina una llarga vall entre l'Aitana i el Puig Campana, les dues principals muntanyes alacantines. Aquesta vall es diu el Barranc de l'Arch, potser per la fortíssima ondulació que es dona a una mitjana altura del Puig Campana, i que podria recordar-nos tant un arc, com una successió d'arcs o-millor encara- una gegantina serp o drac soterrani, que alça al cel les seues protuberàncies dorsals.

És, en definitiva, un lloc vertaderament màgic, en el que les energies telúriques deixen de ser un encanteri, propi de somniadors desocupats, per convertir-se en realitat tangible. El nostre amic Xavier , un poc major que jo i nascut a Figueres, a la també màgica comarca de l'Empordà, viu alli des de fa anys... Xavier començà a estudiar Medicina , volia...o l'obligaven els seus pares, no ho sé bé. Jo el vaig coneixer a Salamanca, on estudiava, o feia com que estudiava. Era al principi de l'època hippie i tots estàvem prou colgats...

Jo havia anat a passar una temporada amb el meu cosí Antonio, que és en l'actualitat un altre habitador de Sirventa, encara que no permanent -com Xavier-sino cap-setmaner, com alguns altres: Lourdes, Lupe, Ana, Miguel Angel, Mavi, Tito...etc (1) i jo mateix...,que anava de quan en quan.

Xavier és nascut al signe de l'Escorpí (i en té semblança també). El seu físic és eixut i la seua pell molt morena, com resultat de passar bona part del temps semi-nu i al Sol. És pintor i cal aclarir que viu de la pintura. Les seues obres reflecten, tant la natura salvatge que pot trobar fàcilment al seu abast, com els ambients humanitzats de sa casa, i dels objectes que hi són, a més dels amics que el visitem.

Fa alguns anys -quan succedeix aquesta història-Xavier tenia com a company un gosset: Nembutsu o Butsu, com carinyosament li deiem tots.

Butsu era un gos menudet, que no alçaria més de tres pams de terra. El seu físic no era, doncs, impresionant precissament...sinó més bé tot el contrari. Tanmateix hi ha havia alguna cosa en l'expressió del seu rostre que resultava inquietant.

Quan Butsu et filava, senties com una estranya paràlisi mental, que no et permetia fer, o dir, les habituals "tontunes" que es fan o diuen als gossets. Semblava com si, subtilment, t'estiguera dient: " no em tractes com si fos tonto; tracta'm inteligentment perque sóc inteligent".

El dia que vaig aplegar a Sirventa, fou com qualsevol altre dia alli: salutacions als amics, recorregut per les habitacions de la casa per vore les noves creacions de Xavier..., passejos pels voltants..., preparació col.lectiva del dinar (molt possiblement una paella feta amb llenya) i potser algún porro que altre (en aquella época quasi tothom fumava cannabis). A poqueta nit, continuavem amb improvisacions de guitarra i bongos, instrument que l'amic Xavier tocava de bon grat.

Cal dir que Nembutsu passava un poc de tots nosaltres. Anava a la seua i ens mirava, de quan en quan, amb una expressió que podriem qualificar com un tant crítica, com si al seu interior pensara: "mireu esta pobra gent com s'ho munta: amb guitarretes, bongos i demés conyes; no són vertaders bhikkus com jo, que porte el sagrat nom de Buda".

Aquella nit la vaig passar un poc malament. M'assaltaven estranys pensaments, com per exemple: es podria afonar la muntanya sobre la qual estic en aquest moment? o aquest altre: tio, te n'adones que te trobes a set-cents metres d'altura...? qué passa si caus?

No se si per culpa d'aquests estúpids pensaments, o més bé perque ja clarejava, vaig alçar-me molt de matí. Tothom dormia i jo, procurant no fer soroll, vaig sortir de la casa. A fora clarejava, al temps que encara es podia sentir el cri-cri de les cigales. Feia encara un poc de fred, pero un fred que estimulava el desig d'emprendre una bona passejada.

En aquell moment vaig adonar-me que no hi era sol. El gosset Butsu, bon matiner ell també, estava guaitant-me amb la seua característica expressió. De sobte es posà en marxa, i una espécie de veu interior m'animà a seguir-lo. Era com si entre el gos i jo s'haguera establert un contacte telepàtic (alguns anys enrere jo havia tingut una experiència pareguda amb un gat) i no em va costar un excessiu esforç prendre l'oportuna decissió...

Butsu caminava quadrupedament, sense presa però sense pausa. Jo anava darrere d'ell, amb una estranya sensació que finalment es convertí en pensament conscient: mai un gos m'havia tret a passejar..., i eixa era la veritable sensació. Jo el vaig deixar el "mando" i li seguia com un borrec. Darrere d'ell vaig trepitjar pujols i vaig baixar costeres, sempre a bon pas. Només en una ocasió van canviar els papers.

Recorde que estavem arribant al cim d'un tossal i ja la roca viva, lliure de vegetació i de terra, feia que les ungletes de Butsu esvararen, impedint-li (impedint-nos) la culminació del nostre objectiu. Comprengué aleshores que era el moment de prendre la iniciativa. Vaig alçar a Butsu de terra i agafant-lo entre es meus braços culminarem junts l'últim esquerp penyal.

El camí de retorn fou com el d'anada, però entre Butsu i jo se n'havia establert una secreta i còmplice comunicació.

Mai més torní a veure Butsu i l'any passat em digueren que ja havia mort